miércoles, 12 de noviembre de 2014

FRAGMENTO DE "SUPERVIVIENTE" DE CHUCK PALAHNIUK

"Superviviente" (1999) de Chuck Palahniuk



Tal y como vivo es difícil incluso empanar un filete. Algunas noches es diferente: a veces es pescado, o pollo. Pero en cuanto tengo una mano pringada de huevo y en la otra sostengo la carne me llama alguien con problemas. Casi cada noche de mi vida es así, últimamente. Esta noche es una chica la que me llama desde dentro de una disco atronadora. La única palabra que entiendo es «detrás». Dice: —Gilipollas. Dice algo que podría ser «cada» o «nada». La cosa es que no te puedes poner a rellenar los espacios en blanco, así que ahí estoy, en la cocina, solo y gritando para que se me oiga por encima de la tralla discotequera de donde sea. Ella suena joven y agotada, así que le pregunto si va a confiar en mí. Si está cansada de que le duela. Si sólo hay una forma de acabar con tu dolor, le pregunto, ¿lo harás? Mi pez nada muy excitado en su pecera, encima de la nevera, así que le echo un Valium en el agua. Le estoy gritando a esa chica que si ya ha tenido bastante. Le estoy gritando que no me voy a quedar a oírla quejarse. Quedarme aquí a intentar arreglarle la vida es una pérdida de tiempo. La gente no quiere que les arregles la vida. Nadie quiere que le solucionen sus problemas. Sus dramas. Sus congojas. Ni quieren resueltas sus historias. Ni sus líos. Porque ¿qué les quedaría? Sólo lo desconocido, grande y aterrador. La mayoría de los que me llaman ya saben lo que quieren. Los hay que quieren morir pero me piden primero permiso. Los hay que quieren morir y necesitan un poco de ánimo. Un empujoncito. A alguien dispuesto a suicidarse no le queda mucho sentido del humor. Una palabra en falso y a la semana siguiente ya son una necrológica. Aunque la mitad de las llamadas que recibo casi no las escucho. Con la mayoría, decido quién vive y quién muere por el tono de voz. Con la chica de la disco no estamos yendo a ninguna parte, así que le digo que se mate. Ella dice: —¿Qué? Mátate. Ella dice: —¿Qué? Inténtalo con barbitúricos y alcohol y la cabeza metida en una bolsa de plástico. Ella dice: -¿Qué? No se puede empanar bien un filete sólo con una mano, así . que le digo que ahora o nunca. O lo hace o no lo hace. Yo estoy con ella. No va a morirse sola, pero no tengo toda la noche. Lo que parece parte de la música es ella, que se pone a llorar muy fuerte. Entonces cuelgo. Además de empanar un filete, esa gente quiere que les enderece la vida.



Con el teléfono en la mano, intento con la otra que las migas se queden pegadas. No tendría que ser tan difícil. Se moja el filete en huevo. Se sacude para escurrirlo y se echa el pan rallado. El problema del filete es que no sé poner bien el pan rallado. Hay sitios en que el filete está sin tapar. En otros hay tanto pan que no se sabe lo que hay dentro. Antes, esto solía ser una risa. Te llama la gente al borde del suicidio. Llaman mujeres. Me quedo aquí sólito, con mi pez, solo en esta cocina sucia empanando chuletas de cerdo o vete a saber qué, vestido sólo con unos calzoncillos y escuchando los rezos de alguien Administrando redención y castigo. Me llama un tío, cuando ya me he ido a dormir. Las llamadas seguirían toda la noche si no desenchufase el teléfono. Algún capullo me llama de noche, después de que cierren los bares, para decirme que está sentado de piernas cruzadas en el suelo de su apartamento. No puede dormir sin que le asalten horribles pesadillas. Ve en sueños cómo se estrellan aviones llenos de gente. Es todo muy real, y nadie quiere ayudarle. No puede dormir. Me cuenta que tiene un rifle apoyado en la barbilla, y me pide que le dé un buen motivo para no apretar el gatillo. No puede vivir conociendo el futuro y sin poder hacer nada para salvar a nadie. Me llaman los victimistas. Los sufridores crónicos. Llaman. Interrumpen mi propio tedio. Es mejor que la televisión. Yo le digo que adelante. Estoy medio dormido. Son las tres de la madrugada, y mañana he de trabajar. Le digo que se dé prisa, antes de que me duerma, y apriete el gatillo. Le digo que este mundo no es tan hermoso como para quedarse y sufrir. Como mundo no es gran cosa. Mi trabajo se trata de que trabajo la mayoría del tiempo para una compañía de limpieza. Marmitón a tiempo completo. Dios a tiempo parcial. Experiencias anteriores me han enseñado a apartar el auricular de la oreja cuando oigo el clic del gatillo. Suena una explosión, un momento de ruido estático y el auricular cae al suelo en algún lugar. Soy la última persona que ha hablado con él, y me vuelvo a dormir antes de que se apague el eco del disparo en mis oídos. La semana que viene hay que buscar la necrológica, quince centímetros escasos que no cuentan nada importante. Hay que buscar la necrológica, si no, no hay manera de saber si pasó de verdad o fue un sueño. No espero que me entendáis. Es otro estilo de diversión. Ese tipo de control es como un chute. Pone en la necrológica que el de la escopeta se llamaba Trevor Hollis, y saber que era una persona real me hace sentir de maravilla. Si es asesinato o no lo es, depende de lo responsable que quieras sentirte. Ni siquiera puedo decir que lo de las intervenciones críticas fuese mi idea. La verdad es que este mundo es terrible, y yo acabé con su sufrimiento. La idea me llegó por casualidad, cuando un periódico sacó un artículo sobre una línea de ayuda para crisis graves. El teléfono que salía en el periódico era el mío por equivocación. Un error tipográfico. Nadie leyó la fe de errores del día siguiente, y la gente empezó a llamarme día y noche para contarme sus problemas.



Por favor, no piensen que estoy aquí para salvar vidas. En lo de ser o no ser, no soy yo quien toma decisiones. Y no crean que estoy por encima de hablar así con mujeres. Mujeres vulnerables. Paralíticas emocionales. Casi me contratan en McDonald's una vez, y eso que sólo pedí el trabajo para conocer chicas jóvenes. Chicas negras, hispanas, blancas, chicas chinas, en el mismo formulario pone que McDonald's contrata todo tipo de razas y grupos étnicos. Eso son chicas, chicas y más chicas, al estilo bufé. En el formulario pone también que si tienes una de las enfermedades siguientes: Hepatitis A Salmonella Shigella Staphilococcus Giardia o Campylobacter, no puedes trabajar con ellos. Ésa es una garantía mejor que la que tienes si conoces a chicas en la calle. Todo cuidado es poco. En McDonald's por lo menos consta que está limpia. Además, hay muchas posibilidades de que sean jóvenes. Jóvenes y con granos. Con risitas de joven. Tontitas como jóvenes, y tan idiotas como yo. Chicas de dieciocho, diecinueve o veinte años. Sólo quiero hablar con ellas. Chicas de residencia universitaria. En su último año de instituto. Menores emancipadas. Es lo mismo con esas suicidas que me llaman. La mayoría son muy jóvenes. Lloran, con el pelo mojado pegado a la cara, en un teléfono público bajo la lluvia, y llaman para que las rescate. Me llaman, acurrucadas desde hace días en la cama. Mesías, me llaman. Salvador. Sorben la nariz y se atragantan y me cuentan con todo detalle lo que yo quiero. Algunas noches es maravilloso oírlas en la oscuridad. La chica confía del todo en mí. Con el teléfono en una mano, puedo imaginarme que la otra mano es ella. No es que quiera casarme. Admiro a la gente que es capaz de comprometerse con un tatuaje. Cuando el periódico publicó el número de teléfono correcto, las llamadas empezaron a cesar. De la cantidad de gente que me llamaba al principio, los que no están muertos están cabreados conmigo. Ya no llamaba nadie nuevo. Al final no me aceptaron en McDonald's, así que hice un puñado de pegatinas grandes. Las pegatinas tenían que destacar. Tienen que ser fáciles de leer de noche para alguien que llora drogado o borracho. Las pegatinas que uso son en blanco y negro, y las letras dicen: «Date otra oportunidad, a ti y a tu vida. Si necesitas ayuda, llama.» Y mi número de teléfono. La segunda versión era: «Si eres una joven de sexualidad irresponsable con problemas de bebida, pide ayuda. Llama a…», y mi número de teléfono. Creedme. No hagáis este tipo de pegatinas. Con este tipo de pegatinas, irá alguien de la policía a haceros una visita. Con el número de teléfono pueden utilizar un listado inverso y señalaros como criminales en potencia. A partir de entonces, en cada llamada que hagáis se oirá el clic clic clic que indica que el teléfono está pinchado. Creedme. Si usáis el primer modelo de pegatina, llamará gente que confiesa sus pecados, que se queja, que pide consejo, que busca aprobación. A las chicas que se conocen así nunca les falta mucho para acabar de hundirse en la miseria. Hay un harén de mujeres aferradas al teléfono, al límite, que ruegan que por favor las llames. Por favor. Podéis decir si queréis que soy un depredador sexual, pero cuando pienso en depredadores pienso en leones o tigres, en grandes felinos, en tiburones. Ésta no es una relación entre un depredador y su presa. No es entre carroñero, buitre o hiena contra carroña. No es entre parásito y huésped. Todos juntos somos miserables. Es lo opuesto a un crimen sin víctimas. Lo más importante es poner las pegatinas en los teléfonos públicos. Valen la pena las cabinas mugrientas cercanas a puentes con fuertes corrientes de agua. Probad a ponerlas cerca de los tugurios de los que echan a la gente sin sitio adonde ir. En menos que canta un gallo estaréis en danza. Os hará falta un auricular de esos que suena como si uno hablase desde muy dentro de algo. Entonces llamará la gente con una crisis y oirán tirar de la cadena. Oirán el rugido de la batidora, y sabrán que os la trae floja. Estos días me hace falta uno de esos receptores inalámbricos de telefonista. Una especie de walkman de la miseria humana. A vida o muerte. Sexo o muerte. Así se pueden tomar decisiones a vida o muerte con las manos libres a cada momento, cuando la gente llama para confesar su horrible crimen. Entonces imparto penitencia. Condeno a la gente. Les doy a tíos desquiciados el teléfono de tías en su misma situación. Igual que con la mayoría de rezos, el grueso de lo que uno oye son quejas y ruegos. Ayúdame. Escúchame. Guíame. Perdóname. Vuelve a sonar el teléfono. Me es casi imposible hacer bien la fina capa de migas del filete, y la del teléfono es una chica nueva que llora. Le pregunto de entrada si va a confiar en mí. Le pregunto si me lo contará todo. Mi pececito y yo nadamos juntos en el mismo sitio. Parece que haya sacado el filete del cajón de arena del gato. Para calmar a esa chica y conseguir que me escuche le cuento la historia de mi pez. El de ahora es el pez seiscientos cuarenta y uno de toda una vida de peces. Mis padres me compraron el primero para enseñarme a amar y cuidar otra criatura del Señor. Pasados seiscientos cuarenta peces, lo único que sé es que todo lo que uno ama se muere. Cuando conoces a alguien especial, puedes estar seguro de que un día caerá muerto al suelo.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Fragmento de "The Real Frank Zappa Book" (III Parte)

Nuevo fragmento del libro "The Real Frank Zappa Book"(de FZ y Peter Occhiogrosso).  Acá pueden leer la PRIMERA PARTE y la SEGUNDA PARTE


Traducción: Mazzu



Capítulo 3


Una alternativa a la universidad


Me casé por primera vez cuando tenía unos veinte años. Concurrí a la Antelope Valley junior College en Lancaster y a la Chaffey Junior College en Alta Loma con el expreso propósito de conocer chicas. No tenía ningún interés en la educación superior, pero después de terminar la escuela secundaria, se me ocurrió que si yo no iba a la universidad, no iba a conocer a ninguna chica - así que me ‘re-enlisté’.

En Chaffey, conocí a Kay Sherman. Dejamos la universidad, empezamos a vivir juntos y nos casamos. Comencé a trabajar para una compañía de tarjetas y postales llamada Nile Running Greeting Cards. Su línea consistía mayormente tarjetas de saludos serigrafiadas, diseñadas para mujeres de edad avanzada a quienes les gustaban las flores. Trabajé en el departamento de serigrafía y, después de un tiempo, terminé diseñando algunos de esos horrores floridos.



Luego surgió un trabajo de medio tiempo copiando, escribiendo y diseñando anuncios para las empresas locales, incluyendo un par de bellezas para el First National Bank de Ontario, California. También tuve períodos cortos como escaparatista y vendedor de joyas y - el peor - vendedor de enciclopedias Collier puerta a puerta. Eso fue realmente horrible - pero por lo menos eché una mirada desde adentro y supe cómo se hace esa mierda.

En primer lugar te hacen ir a la capacitación durante tres o cuatro días para memorizar los argumentos de venta (de los que a uno no se le permite desviarse, ya que te dicen que le pagaron un montón de dinero a un psicólogo en no sé dónde para que los escribiera). Al tipo que escribió lo que tuve que memorizar deberían revocarle la licencia - ¿acaso esos tipos tienen licencia?

Te enseñan trucos psicológicos para convencer a personas que ni siquiera pueden comprar una hogaza de pan para que paguen trescientos dólares por un conjunto de libros que ni siquiera pueden leer. Por ejemplo: cuando comienzas la operación, y tienes el contrato de venta en el portapapeles, debes sostener la pluma con el pulgar en la parte superior del portapapeles, cerca del clip. Cuando le pasas el portapapeles a la persona (“Señor, ¿por qué no echa un vistazo a lo que dice aquí?”), levantas el dedo pulgar y dejas que la lapicera ruede por la tabla hasta la mano del tipo - y antes de que él sepa qué carajos acaba de pasar, ya tiene el contrato y la pluma en sus manos.

Luego, la idea era desplegar un pedazo de hule con una foto que le mostraba lo bien que se vería en su casa esta increíble estantería de madera contrachapada con libros asomando en sus estantes. Entonces yo debía permitirle sostener un libro real - el que tenía las láminas de plástico del cuerpo humano. Duré una semana.

En el mundo del ‘espectáculo profesional’, no me fue mucho mejor. Trabajaba los fines de semana con una banda de salón llamada Joe Perrino and the Mellotons, en el Club Sahara de Tommy Sandi en San Bernardino.

La gerencia permitía que tocáramos un solo twist por noche. El resto de la noche teníamos que tocar el “Feliz Cumpleaños”, el “Vals del Aniversario” y “On Green Dolphin Street”. Yo vestía un esmoquin blanco, moño, y pantalones negros, y me sentaba en un taburete de barra y tocaba la guitarra eléctrica. Lo odiaba tanto que renuncié, puse la guitarra en el estuche,  la metí detrás del sofá y no la toqué durante ocho meses.

Otros de esos grandes trabajos fue como guitarrista en una banda contratada para un baile de Navidad en un centro mormón de recreación. La sala estaba decorada con bolitas de algodón colgando de hilos negros (copos de nieve, ¿entienden?). La banda estaba formada por un saxo, batería y guitarra. Pedí prestado un fake-book (libro de partituras simples) para poder seguir los cambios de acordes, ya que no conocía ninguna de las canciones. El saxofonista era, en la vida civil, un profesor de español en la escuela secundaria local. No tenía sentido del ritmo y ni siquiera podía contar al principio de las canciones, pero él era el líder de la banda.

Yo no sabía nada acerca de los mormones en aquel momento, por lo que, cuando encendí un cigarrillo durante un descanso, fue como si el Mismísimo Diablo hubiera hecho una poco usual aparición personal. Un grupo de chicos que parecía que aún no estaban del todo listos para afeitarse comenzaron a agitarse conmigo y, en una especie de manera fraternal, escoltaron mi culo hasta la puerta. Supe que amaría el mundo del espectáculo si alguna vez lograba meterme en él.



En ese tiempo había un lugar llamado Pal Recording Studio en (no se rían) Cucamonga, California. Era propiedad de un caballero increíble llamado Paul Buff.

Cucamonga era una mancha en el mapa, representada por la intersección de la Ruta 66 y la Archibald Avenue.

En esas cuatro esquinas teníamos un restaurante italiano, un pub irlandés, una tienda de malteadas y una gasolinera. Al norte, por Archibald, había una tienda de un electricista, una ferretería y el estudio de grabación. Al otro lado de la calle había una iglesia Holy Roller, y una cuadra más arriba estaba la escuela primaria. Buff había vivido en Cucamonga antes de alistarse al Cuerpo de Marines. Mientras servía, decidió aprender electrónica, de manera que cuando saliera podría aplicar lo que había aprendido y construir su propio estudio de grabación. Salió, alquiló un lugar en el 8040 de Archibald Avenue y se propuso cambiar la dirección de Música Popular Americana.

No tenía una mesa de mezclas, por lo que construyó una – valiéndose de un viejo tocador de 1940. Le quitó el espejo y, justo en el medio, donde irían los cosméticos, instaló una placa de metal con perillas al estilo del laboratorio del Frankenstein de Boris Karloff.

Construyó su propia grabadora de cinta de media pulgada de cinco pistas, - en un momento en que el estándar en la industria era mono. (Creo que sólo Les Paul tenía una de ocho pistas por entonces. Buff podía grabar de la misma forma que Les Paul, pero de una manera más primitiva.)

Quería ser cantante y compositor, así que escuchó todos los últimos discos de éxitos, descubrió a dónde estaba el ‘gancho’ y, a través de un proceso misterioso, creó sus propias y pequeñas réplicas gancheras.

Aprendió de manera autodidáctica a tocar los cinco instrumentos básicos del rock and roll: batería, bajo, guitarra, teclados y saxofón alto – y luego aprendió a cantar.

Hizo masters con los temas terminados, luego condujo hasta Hollywood e intentó vendérselos a Capitol, Del-Fi, Dot y Original Sound.

Algunas de estas canciones realmente se convirtieron ‘éxitos regionales’. “Tijuana Surf” (con Paul multitrackeándose a sí mismo) se convirtió en un disco número uno en México. Yo escribí y toqué la guitarra en el lado B, un instrumental llamado “Grunion Run”. Fue lanzado por Original Sound bajo el nombre de the Hollywood Persuaders.

Trabajé con él durante casi un año hasta que se metió en problemas financieros y estuvo a punto de perder su estudio.

¿Recuerdan la película de vaqueros de bajo presupuesto cuyo guión había sido escrito por mi profesor de inglés de la escuela secundaria en 1959? Después de interminables demoras, Run Home Slow (protagonizada por Mercedes McCambridge) fue terminada en 1963. Incluso me pagaron por la banda de sonido - no todo lo que habían prometido, pero bastante. Tomé parte del dinero y compré una guitarra nueva, y utilicé el resto para ‘comprarle’ Pal Records a Paul. En otras palabras, accedí a hacerme cargo de su contrato de arrendamiento y del resto de su deuda.

Mientras tanto, mi matrimonio se vino abajo. Pedí el divorcio, me mudé de la casa en la calle G al  ‘Studio Z’, comenzando una vida de sobregrabaciones obsesivas sin parar, doce horas al día.

No tenía comida, ni ducha o bañera; sólo un fregadero industrial donde podía lavarme. Me habría muerto de hambre allí si no hubiera sido por Motorhead Sherwood. Yo lo conocía de Lancaster. Vino a Cucamonga y no tenía lugar donde quedarse, así que lo invité a mudarse al estudio conmigo.

A Motorhead se le daba bien con los autos y también tocaba el saxofón - una combinación útil. Cuando finalmente formamos the Mothers, trabajó para nosotros como plomo, y más tarde se unió a la banda.

Un día Motorhead, a través de algún medio ilícito, adquirió una caja de comida de un banco de sangre móvil. Allí había puré de papas instantáneo (todavía no sé por qué un banco de sangre móvil llevaría puré instantáneo, pero allí es donde dijo que lo consiguió), un poco de café instantáneo y un poco de miel.

Por entonces yo había conseguido unas fechas para tocar los fines de semana en un lugar llamado Village Inn, en Sun Village, a 120 kilómetros de distancia. El pago era de catorce dólares por semana (siete dólares por noche), menos la gasolina.

Con eso compré mantequilla de maní, pan y cigarrillos. Una semana nos pusimos en plan despilfarrador y compramos un queso Velveeta entero.



Goin' back home
To the Village of the Sun,
Out in back of Palmdale
Where the turkey farmers run

I done
Made up my mind
And I know I'm gonna go to Sun
Village, good God,
I hope the wind don't blow

It'll take the paint off your car
And wreck your windshield, too
I don't know how the people stand it,
But I guess they all do,
'Cause they're all still there
(Even Johnny Franklin too)
In the Village of the Sun
Village of the Sun
Village of the Sun, son --
Sun Village, to you
What you gone do?

Little Mary, and Teddy, and Thelma, too
Where Palmdale Boulevard cuts on through--
Past the Village Inn & Barbecue
(I heard it ain't there -- I hope it ain't true)
Where the stumblers gonna go to watch the lights turn blue?

“Village of the Sun” del álbum Roxy & Elsewhere, 1974


Mientras estaba en la secundaria en Lancaster, formé mi primera banda, the Black-Outs. El nombre deriva de cuando algunos de los chicos, después de beber licor de menta adquirido ilícitamente por el hermano mayor de alguien, perdieron el conocimiento (blacked-out).


Esta era la única banda de R&B en todo el desierto de Mojave en ese momento. Tres de los chicos (Johnny Franklin, Carter Franklin y Wayne Lyles) eran negros, los hermanos Salazar eran mexicanos, y Terry Wimberly representaba a los otros pueblos oprimidos de la tierra.

Lancaster era una ciudad en auge en ese entonces. Había una gran afluencia de empleados técnicos (tipos como mi papá) que habían arrastrado a sus familias a este lugar olvidado de Dios con el fin de trabajar en los proyectos balísticos en la Base Edwards de la Fuerza Aérea. Los habitantes originales, hijos e hijas de agricultores de alfalfa y propietarios de tiendas de alimentos tenían en baja estima a todos los recién llegados. Éramos la gente “de abajo” - un término usado para describir a cualquier persona que no era de la zona alta del desierto donde se encontraba Lancaster.

Las posiciones jerárquicas en la escuela secundaria estaban bastante bien definidas: los miembros de la élite social (los estudiantes deportistas y las porristas) eran subproductos reproductivos de los vejetes que manejaban el negocio local de la comida y los granos. El escalón más bajo en la escalera de esta disposición social de 1957 estaba reservado para los hijos e hijas de las familias negras que criaban pavos en el área más allá de Palmdale - Sun Village. Apenas por encima de ese peldaño, estaban los mexicanos.

El hecho de que se tratara de una banda “integrada” perturbaba a mucha gente. Esta dificultad se veía agravada por el hecho de que, antes de mi llegada, alguien había llevado un show de rhythm-and-blues a la feria, y la leyenda decía que “la gente de color ha traído la droga al valle cuando hicieron ese maldito espectáculo, y nunca vamos a dejar que ese tipo de música suene por aquí de nuevo”.

Yo no sabía nada de toda esta mierda cuando formé la banda. De todos modos, mi trabajo a tiempo parcial en mis días de escuela era en una tienda de discos de una agradable señora llamada Elsie (lo siento, no puedo recordar su apellido) a quien le gustaba el R&B. Como se pueden imaginar, en un pueblo como aquel, la ocurrencia de contrataran a una “banda integrada de R&B” era casi descabellada. Un día, tuve una gran idea: decidí promocionar mi propio concierto - un baile - en la sala del club de mujeres local, y le pedí a Elsie que me ayudara. Quería que ella alquilara la sala para nosotros, y ella accedió. Ahora bien, estoy bastante seguro de esto – había sido Elsie quien había promovido aquel show original de “personas de color con productos químicos opcionales” - y yo no comprendía plenamente las ramificaciones socio-políticas locales de todo esto cuando le pedí que nos reservara la sala.

Así que todo estaba listo - la banda ensayaba en Sun Village en el living de los Harris, teníamos nuestra lista de canciones, estábamos vendiendo entradas, todo iba bien. La noche antes del baile, mientras caminaba por la zona de negocios como a eso de las seis, fui arrestado por vagancia. Me mantuvieron durante toda la noche en la cárcel. Querían retenerme el tiempo suficiente como para cancelar el baile - al igual que en una de esas películas para adolescentes realmente malas de los 50s. No funcionó. Elsie y mis padres me sacaron.

Tocamos en el baile. Fue muy divertido. Hubo una enorme participación de estudiantes negros de Sun Village. Motorhead Sherwood fue el éxito de la noche - hizo aquel baile raro llamado “The Bug” (el Bicho), donde simulaba que alguna criatura le estaba haciendo cosquillas, y rodaba por el suelo, tratando de quitársela. Cuando se ‘la quitaba’, se la ‘arrojaba’ a las chicas del público, con la esperanza de que también rodaran por el suelo. Algunas de ellas lo hicieron.

Después del baile, mientras empacábamos nuestras cosas en el maletero del destartalado Studebaker azul de Johnny Franklin, nos vimos rodeados por un gran contingente de jugadores de fútbol (El Terror Blanco), deseosos de causar daño físico a nuestra pequeña y repugnante ‘banda integrada’. Esto fue un error, ya que al ver a ese grupo de Chaquetas Feas, algunas pocas docenas de ‘aldeanos’ comenzaron a sacar cadenas y llaves en cruz de los baúles de sus autos, con una mirada en los ojos que decía: “La noche es joven”.

Los deportistas se replegaron, totalmente humillados - Dios, son tan sensibles sobre ese tipo de cosas - y se fueron a sus casas con sus padres. Ellos siguieron siendo hostiles conmigo y con los otros chicos de la banda hasta la graduación.

Ahora bien, estos jóvenes y honrados caballeros tenían muy buenas relaciones con el equipo de porristas, y (sé que no estoy imaginando esto) yo no les caía muy bien a esas chicas - y así sucedió que, durante una asamblea de la escuela para inaugurar el nuevo gimnasio, a una de estas doncellas (omito el nombre porque soy un buen tipo) se le concedió el honor de dirigir a todo el alumnado en una entusiasta interpretación de la canción de la escuela, una pieza de poesía verdaderamente nauseabunda, cantada al ritmo de “Too-Ra-Loo-Ra-Loo-Ra (It’s an Irish Lullabye)”, una canción tan ESPECIAL que tenía que ser cantada DE PIÉ.

Con el fin de cumplir su misión, la Srta. Nombre Omitido tenía que hacer que todo el público se pusiera de pie - incluso yo – lo que la llevó a gritar despectivamente por el micrófono: “¡Todo el mundo de pié y eso te incluye a ti TAMBIÉN, FRANK ZAPPA!”.

Me quedé sentado y, mientras el silencio caía sobre el público, sin la ayuda de ningún sistema de megafonía, procedí a estropear toda su tarde preguntándole: “¿Por qué no te vas a la mierda, [nombre omitido porque soy un buen tipo]?”. Esta era una palabra que se suponía que uno no debía gritar en aquellos días – y menos a una chica que saltaba arriba y abajo los fines de semana con pompones de papel crepé en sus manos. Ella se derrumbó, sollozando, y tuvo que ser escoltada hasta la puerta por las otras sacudidoras de pompones. Fue la peor imitación femenina y blanca de la rutina de James Brown de retirarse con la capa colgada al hombro jamás realizada en el Hemisferio Occidental.

El capítulo final en el caso de la Srta. Nombre Omitido tuvo lugar justo al amanecer, después del baile de graduación. La hice reír mientras ella estaba desayunando en la cafetería más bonita de la ciudad, rodeada por sus amigas, y le salió té helado por la nariz.

De todos modos, la razón por la que traje a colación toda esta vieja historia de Lancaster es para proporcionar algunos detalles relativos a la letra de “Village of the Sun” (que, para mis estándares ciertamente peculiares, me parece una letra sentimental - y no hay muchas de esas de mi catálogo). No vamos a desglosarla línea por línea, pero vale la pena repasar algunas referencias:

Quitaré la pintura de tu coche
Y arruinaré tu parabrisas, también
No sé cómo la gente lo soporta,
Pero supongo que todos lo hacen

Siempre se podía saber si un tipo era una “rata del desierto” por el parabrisas de su auto. El viento era un factor constante, como así las partículas microscópicas de arena que llevaba, capaces de corroer un parabrisas hasta que ya no se podía ver a través de él, simultáneamente destruyendo hasta el mejor trabajo de pintura personalizada en un período de tiempo sorprendentemente corto.

(He oído que ya no está allí - Espero que no sea cierto)
¿A dónde irán los mareados a ver las luces ponerse azules?

He oído que el Village Inn fue destruido por un incendio durante un “incidente racial” a principios de los 70s, y que la gente del barrio había adquirido la costumbre de dispararse unos a otros.

Sin embargo, mientras yo estaba trabajando allí, era un pequeño gran lugar. Entre los números de las bandas siempre ponían la máquina de discos y, tan pronto como lo hacían, un tipo al que llamaban “The Stumbler” (el Mareado) se acercaba y bailaba PARA ella – era como si alabara a la máquina, como si estuviera en El Santuario de la Música. Eventualmente reunió a un par de ‘stumblers asistentes’, y todos se sacudían, saltaban y se postraban frente a ella.

Vi esto durante un par de semanas y, finalmente, una noche, decidí hablar con él. Yo pensaba que sería un borracho perdido. No lo era - era un buen tipo. Estaba borracho, seguro, pero no estaba chiflado - sólo estaba alegre. Él me invitó a ir a su casa. No pude rechazar dicha invitación - como dice en el disco Freak Out!: ¿“Quién podría imaginar...” en qué clase de lugar vivía el Sr. Stumbler? Tenía que averiguarlo.

Después del concierto lo seguí al desierto, a pocos kilómetros, hasta un pequeño rancho avícola. Había una casucha hecha con bloques de hormigón. La luz estaba encendida en la ventana delantera. Lo seguí al interior. A pesar del mal estado exterior, la sala de estar era agradable, con mobiliario nuevo y un estéreo Magnavox enorme y muy nuevo. Al parecer, había estado escuchando algunos discos antes de su baile nocturno frente a la máquina de discos – una especie de  calentamiento previo al partido. El disco en la bandeja era la Suite del Pájaro de Fuego, de Stravinsky.

The Soots

Después de mudarme al ‘Studio Z’, Don Van Vliet me fue a visitar. Hice algunas grabaciones con él por ese entonces, anteriores a la Magic Band. El grupo se llamaba The Soots. Algunas de las canciones eran “Metal Man Has Won His Wings”, “Cheryl’s Canon” y una versión de la canción de Little Richard “Slippin’ and Slidin’” (como cantada por Howlin’ Wolf). En aquellos días ciertas discográficas tomaban los masters de las grabaciones de los productores independientes. El productor llevaba una pieza terminada del producto y le daban un adelanto de efectivo de las regalías. El productor seguía siendo el propietario del master. La compañía tenía el derecho sobre el uso del mismo durante unos años, y después el master volvía al productor. Gracias a Paul Buff yo había conocido a gente de Hollywood que trabajaba en estos departamentos, así que fui a ver a un tipo de Dot Records llamado Milt Rogers con dos de los masters de The Soots. Escuchó un poco y dijo: “No podemos publicar esto - la guitarra está distorsionada”.




Bongo Fury

Don finalmente formó Captain Beefheart and His Magic Band, lanzó un single a través de A&M y procedió a firmar una increíble cantidad de contratos con casi todo el mundo que pusiera una pluma en su mano. Se había metido en una situación de esclavitud contractual por todas partes. Las empresas no le estaban pagando, pero los contratos habían sido escritos de tal manera que le impedían grabar – lo tuvieron atado durante años. Cuando hizo la gira de Bongo Fury con nosotros en 1976, era prácticamente indigente.

La vida en la carretera con Captain Beefheart sin dudas no era fácil. Llevaba a todos lados la mayor parte de sus posesiones mundanas dentro de una bolsa de compras. Esta contenía sus dibujos, sus libros de poesía y un saxo soprano. Solía olvidarla en diferentes lugares – volviendo loco al road manager. En el escenario, sin importar el volumen al que estuviera el sistema de monitoreo, se quejaba de que no podía oír su voz. (Creo que esto es porque canta con tanta fuerza tensando los músculos de su cuello, que hace sus oídos implosionen.)

Trout Mask Replica

El punto alto de nuestra relación (según la revista Rolling Stone - ¿no son ellos una especie de autoridad en estos asuntos?) fue cuando hicimos el álbum Trout Mask Replica en 1969. Don no tenía orientación técnica, por lo que primero tuve que ayudarle a desentrañar qué es lo que quería hacer, y luego, desde un punto de vista práctico, ejecutar sus demandas.

Yo quería hacer el álbum como si fuera una grabación antropológica de campo - en su casa. Toda la banda vivía en una pequeña casa en el valle de San Fernando (podríamos utilizar la palabra secta aquí). Yo estaba trabajando con Dick Kunc, el ingeniero de grabación de Uncle Meat y Cruising with Ruben & the Jets. Para realizar grabaciones a distancia en aquellos días, Dick tenía un mezclador Shure de ocho canales montado en un maletín. Podía sentarse en una esquina en un concierto en vivo con los auriculares puestos y ajustar los niveles, con las salidas del mezclador del maletín conectadas a una grabadora portátil Uher.

Yo había estado utilizando esa técnica para las grabaciones en vivo. Pensé que sería genial ir a la casa de Don con este equipo portátil y poner la batería en el dormitorio, el clarinete en la cocina y las voces en el cuarto de baño: aislamiento completo, al igual que en un estudio - excepto que los miembros de la banda probablemente se sentirían más como en casa, ya que estaban en casa.

Grabamos un par de selecciones de esa manera, y pensé que sonaba genial, pero Don se puso paranoico, acusándome de tratar de abaratar el álbum, y exigió ir a un estudio de grabación real. Así que mudamos toda la operación a Glendale, a un lugar llamado Whitney, el estudio que yo estaba usando en ese tiempo - propiedad de la iglesia mormona.

Las pistas básicas estaban listas - ahora era el momento para las voces de Don. Normalmente un cantante va al estudio, se pone los auriculares, escucha la canción, trata de cantar en sincronía con el tema, y ya está. Don no podía tolerar los auriculares. Quería estar en el estudio y cantar tan fuerte como pudiera – escuchando el audio de referencia que se filtraba a través de los tres paneles de vidrio que formaban la ventana de la sala de control. Las posibilidades de que eso quedara en sincronía eran nulas - pero esa es la forma en que se hicieron las voces.

Por lo general, cuando se graba un set de batería, los platillos proporcionan parte del “aire” en la mezcla. Sin una cierta cantidad de esta frecuencia, las mezclas tienden a sonar claustrofóbicas. Don exigió que los platillos tuvieran pedazos de cartón corrugado (para silenciarlos), y que colocaran piezas circulares de cartón sobre los parches de los tambores, por lo que Drumbo terminó golpeando cosas que hacían “¡zump! ¡bumf! ¡duf!”. Después de la mezcla, hice la edición y montaje en mi sótano. Terminé aproximadamente a las 06 a.m. del domingo de Pascua de 1969. Los llamé y les dije: “Vengan; su álbum está terminado”. Se vistieron como si fueran a la iglesia y vinieron. Escucharon el disco y dijeron que les encantaba.

La última vez que vi a Don fue 1980/‘81. Vino a uno de nuestros ensayos. Parecía bastante molido. Había tenido muchas idas y vueltas con unos contratos con la Warner Bros., y simplemente no había funcionado. Supongo que aún vive en el norte de California, pero no ha vuelto a grabar. Compró una propiedad allí arriba - un lugar desde donde podía ver nadar a las ballenas.



lunes, 3 de noviembre de 2014

Créete lo que quieras, pero cuéntalo como fue...

El relato que sigue a continuación lo encontré en "El Fuego del Dragón", un boletín mensual de ovnilogía editado de manera digital por Alberto Iurchuk. En el Nº 17, encontramos esta historia firmada por José Manuel García Bautista que transcribe los sucesos relatados originalmente por su protagonista, Rafael Cabello Herrero; me pareció una historia simpática y la comparto aquí de manera completa...

Créete lo que quieras, pero cuéntalo como fue...



Por José Manuel García Bautista
Sevilla – España

Si una persona cambia un solo punto o una coma en una histérica historia, es capaz de cambiar el transcurso de esa historia, por eso cuando se vive una situación o tiene una visión anormal de un hecho, nunca hay que mirarse el corazón ni cerrar los ojos por culpa del miedo. Tienes que mirar y ver a tu alrededor, hacer un estudio de los hechos "IN SITU", contar todo, aunque no te guste lo que estés viendo, dotarte de toda la sangre fría que te quepan en las venas, llegar al último recodo del camino, y acercarte a la mano el objeto más contundente y expeditivo que tengas por si las moscas "que conste yo nunca lo haría no soy violento", pero esa noche fue diferente, tal vez especial...
Remontándome a la década de los años 70, más o menos por el año 77, 78, trabajaba en la empresa oficial de reparación de televisores y equipos electrodomésticos de General Eléctrica Española & Thomson como técnico en electrónica. Durante muchos años todas las semanas por ser servicio oficial y como consecuencia de mi trabajo hacía una ruta dedicada a la zona de Sevilla Huelva, por carreteras de 2º orden de las de entonces y donde todavía no se habían concebido los términos de autovías, autopistas, u otras palabras que las relacionara como tales. Como máximo carreteras nacionales, comarcales, locales y muchos caminos de cabras por donde yo tenía que circular habitualmente para ir desde un poblado a otro para reparar muchos televisores en blanco y negro de válvulas y algunos muy pocos de color transistorizados.
Un lunes de esos cuando comenzaban las lluvias de finales de septiembre, principios de octubre, se me hizo muy tarde en los primeros pueblos que se visitaban en la ruta por el cúmulo de trabajo ocasionado por alguna tormenta de la zona. Manzanilla, La Palma del Condado, Villarrasa, Niebla, Rociana y Bonares, consumieron todas las horas de sol de ese lunes, mis siguientes visitas tenían que ser para Lucena del Puerto y finalizar las tareas del día pernoctando en el Hostal Platero de mi buen amigo Paco en Moguer.
Después de visitar la tienda de Juan Coronel, recoger las notas de reparaciones para visitar a los clientes y terminar el trabajo se me hizo de noche en ese pueblo, salí por la carretera local H622 de Bonares hacía Lucena del Puerto, un pequeño pueblo que entonces no tenía más de cinco o seis calles.
Al salir de Bonares toda la carretera estaba flanqueada por un extenso bosque de pinos que acompañaba toda la carretera hasta cerca de Lucena, sólo había esporádicas construcciones de algún chalet, entradas de haciendas y fincas.



Era difícil de cruzarse o hacer el recorrido acompañado por otro vehículo debido a que la carretera sólo las transitaban los vecinos que vivían en ella. El bosque era tan cerrado que la oscuridad se hacía más intensa, incluso las luces del coche se negaban a iluminar más allá de los términos de la carretera, todo el camino era muy tenebroso y los escasos seis kilómetros de un pueblo a otro se hacían interminables. Costaba trabajo hasta respirar tranquilo, nunca aprendí el recorrido de memoria porque siempre que entraba en esa zona mi idea era la de salir lo antes posible de ella.
Esa noche, al llegar a un punto determinado del camino comencé a ver lo que yo creí era una tormenta seca con abundante aparato eléctrico, ya que las copas de los pinos se iluminaban a intervalos de los propios relámpagos. Entre el ruido del motor, las ventanillas cerradas, el mal estado del firme y mi intranquilidad por el camino no acerté a escuchar el ruido de los truenos, pero si vi que la luz que iluminaba el bosque y la carretera tenía un ángulo poco apropiado para ser una tormenta. Esa luz no salía de las nubes, sino de un punto concreto de una parte del bosque el cual no se podía visualizar directamente por lo tupido del follaje de los árboles y la maleza acumulada entre los pinos, este hecho me hizo reducir la marcha, pensar en la posibilidad de dar un giro de 180 grados a mi trayectoria y volver al pueblo de Bonares.
Este pensamiento, duró poco tiempo y volví a concentrarme en el punto de donde parecía manar la fuente de luz, al tomar una de las curvas comencé a vislumbrar una potente fuente de luz cegadora y tan abundante que no permitía observar directamente lo que allí estaba sucediendo.
Varias curvas acompañadas de desniveles me hicieron entrar de bruces en un cruce de caminos con una curva muy pronunciada que me espetó a escasos tres metros de distancia, "esta circunstancia me hizo frenar bruscamente sin pisar el embrague por lo que se caló el coche", frente a dos figuras de aspecto humanoides iluminadas espectralmente "igual que en las películas de ciencia-ficción del Spielberg". Una de ella, portaba en su mano un objeto parecido a una pistola de la cual salía toda la fuente de luz existente en el lugar, esas figuras de espaldas a mi posición cuando notaron y escucharon el frenazo y la presencia del vehículo se incorporaron volviéndose hacia mí. Con este movimiento, me dejaron ver unas caras sin rostros, a modo de caretas o escafandras en las cuales no aparecían ningún indicio facial de bocas, narices y ojos. Sus rasgos quedaban limitados a un rostro con una pequeña ventana como de cristal oscuro que no permitía ver el interior de la máscara a la altura de los ojos, este cristal se iluminó al quedar mi coche totalmente parado delante de ellos, la propia luz del vehículo fue la que por unos instantes los iluminó a ellos y durante ese tiempo cesó el brillo de esos relámpagos quedando las dos figuras pendientes de mí y mi vehículo en medio de la carretera. Vestidos con unos monos oscuros y unos correajes anchos de los que pendían varios objetos metálicos. 



Una de las figuras subió su mano a forma de saludo, pude apreciar unos guantes en forma de manoplas desproporcionados en tamaño que no permitían ver físicamente la piel de la mano, a la vez que se tocaba el rostro levantándose la escafandra que portaba hasta la altura de la frente y dejando ver un rostro perfectamente definido como cualquier padre de vecino. El otro acompañante hizo lo mismo que el anterior a la vez que movía unas mangueras o cables que invadían parte de la calzada y que salían de un aparato ronroneante. "Un simple motor alternador conectado a la unidad soldadora, para trabajos donde no hay conducciones eléctricas".
Una vez analizado el trance y viendo que los que estaban enmascarados tenían los mismos atributos faciales que los míos decidí arrancar el coche, sacarlo de en medio de la carretera y acercarme hasta ellos, los cuales me comentaron que estaban arreglando con una soldadora eléctrica una cancela de un portón de entrada a una finca que había destrozado un camión un rato antes, lo estaban haciendo a esas horas para evitar que se escapara el ganado de la finca y pudiera provocar una desgracia.
Después de fumarme un cigarro en compañía de estos dos chicos, comentarles el susto que me habían dado, sacarle chistes a la situación y desearles que terminaran pronto el trabajo porque la noche no acompañaba para nada la situación, proseguí mi camino hasta Moguer donde al llegar al Hostal Platero nos sentamos varios viajantes a cenar en la misma mesa y les conté el caso que me había ocurrido. Cada uno de ellos después interpretó a su forma dando a la historia el proceso de credibilidad que cada uno de nosotros entonamos cuando comenzamos a contar un hecho para dotarlo de la máxima veracidad. "Escuchadme... Ayer me contó un caso que le ocurrió a un amigo mío... (fulanito..., coño..., tu le conoces..., el que arregla las teles que va por Huelva y para en el hostal de Paco), donde dos extraterrestres armados de una pistola de rayos le salieron a la carretera, le pararon el coche con un rayo, le dispararon a él y le durmieron perdiendo tres horas de su vida que no puede explicar y... bla, bla, bla...".
Varios meses después me enteré que todavía yo, no había aparecido.

Relato contado por el que le ocurrió el caso, Rafael Cabello Herrero.


Publicación original: EL FUEGO DEL DRAGÓN